Cuando escuchamos la palabra ovodonación muchas veces pensamos en mujeres mayores, especialmente por encima de los 40 años. Pero ¿qué pasa cuando la ovodonación llega antes de los 40?
En la seguridad social me dijeron que era muy joven para ir a ovodonación. Tenía 34 años y mis óvulos muy probablemente no iban a poder formar parte de mi proyecto reproductivo. La edad es uno de los motivos por los que se recurre a la ovodonación, pero no es el único.
Ovodonación = edad materna avanzada

Reducir la necesidad de la ovodonación como tratamiento de reproducción asistida a la edad materna es dejar muchas historias sin contar.
La relación causa-efecto que solemos establecer entre la edad materna y la ovodonación nace, en gran medida, del desconocimiento general sobre la reproducción femenina. Si es que yo misma llegué a las consultas pensando que esa opción no podía ser para mí porque era joven.
En las clases de biología cuando éramos pequeños, no nos explicaron que las mujeres nacen con una reserva ovárica limitada, que disminuye con el tiempo. Tampoco nos dijeron que, además, no es lo mismo cantidad que calidad y, ambas cosas pueden condicionar la fertilidad.
Tampoco nos lo explican de mayores si no te ves envuelta en tu propio diagnóstico.
Tampoco mencionaron que factores genéticos, infecciones, enfermedades, tratamientos médicos o algunas alteraciones de nuestros órganos reproductivos podrían afectar a nuestra fertilidad de forma temporal o permanente. Y aquí también cabe la ovodonación para muchas historias familiares.
Crecemos con el irrefutable argumento de que las mujeres son fértiles y darán vida en la adultez. Sin embargo, después de pasar por reproducción asistida puedo asegurar, y aseguro, que la fertilidad no es per se lo que hace a la mujer, mujer.
Hay mujeres que llegan a los 45 años conservando su capacidad reproductiva, otras a los 30 tendrán problemas de fertilidad y otras nunca podrán utilizar sus óvulos para ser madres independientemente de la edad. Y todas son mujeres. Y afortunadamente, hoy en día con bastantes garantías de poder ser madres si así lo desean.
¿Por qué una mujer joven puede necesitar ovodonación?

La ovodonación antes de los 40 no parecía una excepción en aquellas salas de espera en las que tantas veces esperé un resultado.
A los 34 años mi reserva ovárica era prácticamente inexistente. Y sí: he menstruado todos los meses desde que menstruo y sigo haciéndolo 5 años después. Por algún motivo, a pesar de estar sana, la función de mis ovarios es muy limitada. Pero es que no soy la única, somos muchas más de lo que piensas.
Por otro lado, pocos tabúes relacionados con la salud de las mujeres están tan arraigados como el que rodea a la menopausia precoz. Para algunas personas, este diagnóstico significa que solo podrán ser madres gestantes si recurren a la donación de óvulos.
¿Sabes lo que supone que la ciencia haya avanzado de tal forma que se puedan donar óvulos para lograr que otra mujer sea madre? No puedo evitar pensar en generaciones pasadas donde muchas mujeres tuvieron que renunciar a ese deseo tan potente que atraviesa transversalmente nuestras vidas cuando quieres ser madre.
Me gustaría que la sociedad reflexionara sobre por qué consideramos menos valioso solucionar un problema reproductivo que hasta hace no tanto no tenía alternativa médica que lograr un trasplante de riñón, pulmón o hígado. Pero, voy a ir más allá y, lanzo pregunta, ¿por qué la sociedad celebra en alto que se ha conseguido trasplantar pelo y ya tienes la opción disponible de dejar de ser calvo si lo deseas?
Las mujeres, y lo que nos atañe en exclusiva, no somos secretos. No necesitamos protección paterna, ni juicio social, ni que se decida colectivamente si hacemos bien o hacemos mal en cada paso que damos.
Me hago una pregunta más: si tuvieras 20, 25, 30 o 35 años y supieras que existe un riesgo genético importante de transmitir una enfermedad a tu futuro bebé, ¿qué harías? ¿Asumirías el riesgo? ¿Valorarías otras alternativas reproductivas, entre ellas la donación de óvulos?
Ser joven no elimina el duelo genético

Tener que optar por la donación siendo joven no es el camino fácil, sigue siendo muy difícil de asumir en ocasiones. En parte, como he dicho anteriormente, porque no crecemos con esta posibilidad en nuestra mente.
Que esta opción exista es, desde el punto de vista médico, algo maravilloso. Sin embargo, renunciar a nuestra carga genética para formar una familia puede ser un proceso complejo, que requiere tiempo, acompañamiento terapéutico y, sobre todo, respeto.
El duelo genético necesita ser reconocido y validado. Para hacerlo posible, la sociedad debe comprender que muchas mujeres ya lo hemos atravesado, otras lo viven en este momento y muchas más tendrán que afrontarlo en el futuro.
Debemos dejar de minimizar experiencias tan profundas y transformadoras: forman parte de nuestras vidas y merecen ser reconocidas y escuchadas.
La ovodonación no tiene edad, tiene causas médicas

El tiempo reproductivo de la mujer y la posibilidad de utilizar sus propios óvulos no siempre van de la mano.
Retrasar la maternidad no siempre es una elección libre. El ritmo de vida actual y la dificultad para alcanzar estabilidad a edades más tempranas empujan a muchas mujeres a posponerla, pero nuestra biología reproductiva no se adapta a esos tiempos.
Así que, las mujeres jóvenes que necesitamos un tratamiento con donantes para formar nuestra familia habitualmente entramos en shock cuando nuestra opción reproductiva acaba siendo la de aquellas mujeres cuya edad ya no deja otra opción. Cuando quizá ellas llegan a esa edad tras años de tratamientos fallidos, diagnósticos que no llegaron o, simplemente, creyeron en la idea de que su fertilidad esperaría intacta a que ascendieran, fueran propietarias de su casa o llegara su prometido príncipe azul.
La ovodonación antes de los 40 existe. No porque las mujeres la prefieran a utilizar sus propios óvulos, sino porque hoy esta alternativa médica está disponible, es más accesible y permite abordar problemas reproductivos que antes no tenían solución.
En definitiva, nos enfrentamos a tabúes que la sociedad ha construido y perpetuado durante generaciones. Ese silencio alimenta un desconocimiento innecesario que, lejos de protegernos, solo aumenta el sufrimiento.

