Recuerdo pasar 4 años de carrera soñando con el día de tener mi título; sin embargo, el día que por fin lo conseguí, no sentí nada en especial. El vacío tras lograr una meta es ampliamente conocido por la psicología y la sociología, pero ¡qué frustración vivirlo!
Si te ha pasado alguna vez, es posible que te haya preocupado no sentir esa alegría desbordante que esperabas o ese orgullo que se presuponía. Es algo que tiene nombre y explicación, así que no estamos solos en esto.
¿Por qué alcanzar una meta puede dejarnos vacíos?

Este fenómeno, resumidamente, consiste en sentir desgana o incluso tristeza justo después de conseguir un objetivo deseado.
Cuando nos pasa, pensamos que algo se ha roto dentro de nosotros al no encontrar la emoción que esperábamos, pero la realidad es que es algo muy común.
Ocurre porque durante el proceso para conseguir algo, ya sea una carrera universitaria, un ascenso laboral, un embarazo, ganar un premio, comprar una vivienda, etc., invertimos tanto tiempo y esfuerzo en el proceso que cuando llegamos a la meta, no es que no lo disfrutemos, es que estamos cansados.
Ese vacío es frustrante, pero no indica que hayas perdido tu capacidad de sentir felicidad, solo que has estado haciendo tantas cosas que, al llegar a la meta y ver que ya no queda nada por hacer, a tu cerebro le cuesta un poquito entender que no está parado porque sí, sino que está de celebración.
Cuando el logro no produce placer

La explicación es que nuestro cerebro, durante todo el proceso que cuesta tanto esfuerzo, está anticipando el fin deseado. Pero al llegar a la meta, ya no hay una meta visible en nuestro horizonte y entonces aparece esa desconcertante sensación de vacío o el clásico: «¿Y ahora qué?»
Recuerdo terminar mis estudios de posgrado con la idea fija de conseguir publicar mi TFM en una revista científica. Hablé con los docentes, busqué las revistas donde me gustaría publicar, adapté el texto de la investigación, lo ensayé, lo defendí y lo logré. Y al lograrlo solo pensé: ¿y ya está? Pues no era nada espectacular…
Han pasado los años y aún me siento mal al recordarlo, como si saboteara los logros de mi propio trabajo. Sin embargo, al leer y entender que esto no es más que otro fenómeno psicológico y potencialmente social, acabo entendiendo que simplemente soy humana.
La sociedad del cansancio: vivir siempre camino del siguiente objetivo

Es que no vamos a disfrutar nada si no acabamos una tarea y ya estamos pensando o incluso empezando la siguiente.
¿Cómo vas a disfrutar de que has superado una meta deportiva si inmediatamente después tienes que ir a trabajar, luego a comprar, luego a limpiar, etc.? Es que no tienes tiempo y el cuerpo lo sabe.
Piensas en tu vida actual y cómo vas a disfrutar de una cosa si tienes 8 proyectos en marcha día a día. Vivimos en un constante “vamos, que tú puedes” que muchas veces nos acaba ahogando. Tenemos que rendir por encima de nuestras posibilidades y también por encima del descanso.
Pero quizá el problema no es solo que tengamos demasiadas cosas que hacer, sino que hemos aprendido a medir nuestra vida por las cosas que conseguimos.
Terminamos una carrera y toca encontrar trabajo. Encontramos trabajo y toca mejorar. Conseguimos una casa y pensamos en la siguiente meta. Parece que detenerse a disfrutar de lo conseguido fuera perder el tiempo, porque siempre hay alguien avanzando mientras tú descansas.
Así, las metas dejan de ser lugares a los que queríamos llegar y se convierten en simples casillas que tachamos antes de empezar a perseguir la siguiente. Y quizá por eso, cuando por fin conseguimos aquello que durante meses o años parecía tan importante, aparece ese desconcertante “¿y ya está?”. No porque aquello no tuviera valor, sino porque nos hemos acostumbrado tanto a perseguir que ya no sabemos muy bien qué hacer cuando llegamos.
Todo esto lo que produce es que sistemáticamente tú estés agotada. Pero vamos, tú y todos en esta situación de autoexigencia mantenida en el tiempo.
No necesitas otra meta inmediatamente

Así que, en muchísimas ocasiones, ese silencio absoluto interno que te invade mientras miras tu ansiado premio no es un problema complejo de rotura de emociones. Es cansancio pidiendo descansar.
Sí, es un problema socialmente complejo, asociado a la meritocracia, la titulitis y el miedo a quedarse atrás.
La meritocracia nos ha enseñado además a relacionar lo que conseguimos con lo que valemos. Si estudias, trabajas, produces, asciendes o acumulas méritos, parece que estás avanzando. Pero si paras, descansas o simplemente decides que ya tienes suficiente, aparece la incómoda sensación de estar quedándote atrás.
El problema es que así nunca existe una meta definitiva: cada logro se convierte rápidamente en el punto de partida del siguiente. Y cuando nuestro valor depende constantemente de demostrar que seguimos avanzando, disfrutar de haber llegado se vuelve bastante difícil.
Pero tú, individualmente, sí puedes entender por qué te ocurre esto y decidir hacerlo de otra manera. Porque la salud importa, la física y la mental, y ambas se resienten viviendo tan deprisa y con esas altas expectativas.
Por ejemplo, embarcarse en más proyectos que realmente nacen de un deseo propio y no tanto en los que nos inculcan por obligación laboral, educativa o de cualquier ámbito, pero que realmente nunca nos llenan. O tomarnos tiempo para no producir nada para respetar esos momentos de integrar lo que ya has conseguido.
Al final, si el precio a pagar durante el proceso es muy alto, la meta no te va a compensar.
Y, sinceramente, lo que somos y quiénes somos es mucho más importante de cuidar que esa medalla, ese título o ese ascenso, si esa exigencia nos está manteniendo en un sistema vital prácticamente anestesiado.

