Mi bebé va a cumplir un año y, honestamente, creo que ya puedo hablar de que hay muchas cosas que nadie me explicó de tener un bebé sola.
Cuando comentas que has decidido ser madre en solitario, la gente elige entre dos caminos. El primero es el de aconsejarte que empieces a buscar ayuda y el segundo es el de decirte qué placer es esto de no compartir las decisiones.
Pero, mamás solteras del mundo, jamás me hablasteis de la realidad de tener un bebé sola, lo he tenido que descubrir yo. Y hoy vengo a compartir lo que ha sido este primer año como mamá para que las próximas no puedan decir que no les avisé.
El verdadero problema no es tener un recién nacido sola

A mí me metieron mucho miedo con el embarazo y con el posparto estando sola.
- Que cómo iba a hacerlo sola.
- Qué cómo iba a dormir.
- Que cómo iba a ducharme.
- Que cómo iba a ir al supermercado.
- Qué quién me iba a ayudar.
- Que ya vería yo cuando el bebé llorase.
Y honestamente… los primeros meses fueron lo más fácil de todo este viaje.
Lo digo con cariño y con miedo de que venga otra madre con un bebé que no duerme desde 2024 a tirarme un zapato a casa, pero mi experiencia fue esa.
Mi hijo era literalmente un señor diminuto. Comía, dormía y me miraba fijamente como si estuviera esperando más privilegios.
Yo podía limpiar la casa, cocinar, poner lavadoras, ver series, incluso podía pensar. Hubo a quien le pareció una ofensa que mi casa estuviera limpia los primeros 6 meses como mamá soltera.
El verdadero reto vino después.
Porque nadie me explicó que los bebés evolucionan de “saquito adorable” a “persona diminuta con objetivos propios”.
Y ahí empieza el verdadero deporte extremo:
- Cuando empiezan a sentarse, pero se vencen hacia cualquier dirección con mucha facilidad.
- Cuando empiezan a gatear y tu casa se vuelve súper peligrosa.
- Cuando empiezan a ponerse de pie. ¡Qué os voy a contar que no os pueda contar mis riñones!
- A querer tocar enchufes, agujeros, el agua del bidet, todo lo que tenga punta, todo lo que haga ruido de motor… Llevo desde enero sin pestañear 😀 Siempre alerta.
- A intentar tirarse de cabeza de cualquier lugar mínimamente alto por pasión a la aventura.
Ahí es cuando entiendes que la maternidad no consiste en cuidar un bebé.
Consiste en impedir que una mini persona, tozuda y muy feliz, tome las peores decisiones posibles durante todo el día.
Nadie me explicó que para él seguimos siendo uno

Esto me parece fascinante.
Porque yo sabía lo de la ansiedad por separación. El concepto me lo conocía. Muy bien todo.
Lo que no sabía es que, para mi hijo, si me levanto del sofá, aparentemente estoy emigrando a otro continente, aunque siga a su lado.
A veces estoy literalmente a metro y medio de él…
METRO Y MEDIO.
Y empieza a llorar como si me hubiera ido a vivir a Australia.
Y yo:
— “Cariño, sigo aquí.”
— “No me he ido.”
— “Estoy cogiendo agua.”
— “Mamá no se va, vive aquí contigo.”
Pero para ellos no funciona así.
Ellos todavía sienten que somos prácticamente la misma persona. Y tiene un componente realmente agotador… pero también muy bonito.
Porque llega un momento en que entiendes que eres su lugar seguro.
Es que de verdad piensa: “Si tú desapareces, el universo ya no es estable.”
Y sinceramente, que alguien te quiera así de fuerte es una experiencia bastante salvaje. Aunque no puedas ni ir al baño sola.
El bebé es el verdadero dueño de la casa

Yo creía que mi casa era mía. Qué inocente.
Ahora mismo vivo con un pequeño inspector de riesgos laborales que supervisa absolutamente todo.
- La decoración ya no existe.
- La estética ya no existe.
- La dignidad… a veces tampoco.
Hay esquinas protegidas, cajones bloqueados y objetos estratégicamente colocados a dos metros de altura como si viviera con un inspector.
Y luego están las cosas absurdas que se convierten en tesoros.
Los juguetes caros le dan exactamente igual pero encuentra: un papel, una etiqueta, un trozo de precinto, una caja vacía… y automáticamente eso pasa a ser el objeto más importante de su mundo.
El otro día se pasó media tarde obsesionado con un papel pegado a una hamaca vieja. No quería la hamaca. Quería EL PAPEL.
Y claro, luego quería agarrarse a la lavadora para mirar cómo giraba el tambor… pero sin soltar el papel.
Entró en una crisis filosófica porque necesitaba dos manos, pero no estaba dispuesto a renunciar a ninguna de sus prioridades. Y honestamente, lo entendí muchísimo.
Las prioridades en la vida las decide el bebé

Esto tampoco me lo explicaron bien.
Tú antes podías tener un plan, ahora tienes una sugerencia.
Porque si el bebé tiene hambre, se para el mundo. Da igual dónde estés, en una cafetería, en un banco, en el coche, en mitad de la calle.
Se hace lo que el señor decida. He dado biberones y fruta en sitios absolutamente surrealistas.
Y la cosa es que llega un momento en que te parece completamente normal.
Igual que cambiar pañales en lugares improvisados porque no en todos los sitios vas a encontrar un cambiador de bebés. Y ellos no solo lo intuyen, es que creo que les gusta el plan.
O salir de casa pensando: “Bueno, llevo agua, pañales, toallitas, muda, comida, juguete, chupete, carrito, manta, cremita y probablemente podría sobrevivir tres días en la montaña.”
También cambian las prioridades sociales. Antes elegías sitios por la comida o el ambiente.
Ahora piensas:
- “¿Hay sombra?”
- “¿Cabe el carrito?”
- “¿Tiene trona?”
- “¿Hay algo peligroso que pueda intentar comerse?”
La maternidad es básicamente convertirte en logística humana.
Nadie me avisó del orgullo absurdo que sentiría por cosas ridículas

Esto sí que me parece increíble.
Porque nadie te prepara para el nivel de emoción que puedes sentir viendo a una persona coger… un vaso.
O dar dos pasos.
O hacer un sonido nuevo.
O señalar algo.
O conseguir agarrar un objeto del suelo sin caerse.
Mi hijo ahora está aprendiendo a andar y yo reacciono como si estuviera viendo ganar una medalla olímpica.
Literalmente el otro día consiguió agacharse, coger un papel y volver a levantarse. Y yo:
Y él encima lo celebró levantando el papel como un trofeo como diciendo: “Observad mi obra.”
Y claro, yo emocionada por un trozo de precinto.
Tampoco nadie me explicó lo acogedor que es despertarte con un bebé al lado. Ni que acabarías haciendo cosas absolutamente ridículas para hacerle reír.
Yo, por ejemplo, he descubierto que fingir estornudos me convierte automáticamente en la persona más graciosa del planeta.
No sabía que la felicidad podía consistir en escuchar una carcajada mientras haces el payaso en pijama a las seis de la mañana.
Y estas son las cosas que nadie me explicó de tener un bebé sola. Pero aquí estamos.
Y honestamente… acompañarle mientras descubre el mundo, él en sí mismo y todo lo anterior hace que este haya sido el mejor año de mi vida.

