La soledad no deseada en los jóvenes

La soledad no deseada en los jóvenes: ¿hemos olvidado cómo encontrarnos?

¿Y si el problema no fuera que ya no supiéramos relacionarnos, sino que cada vez tuviéramos menos espacios y menos tiempo para hacerlo?

En los últimos años, los medios de comunicación han empezado a poner el foco en una realidad que durante mucho tiempo ha permanecido prácticamente invisible: la soledad no deseada.

Habitualmente, cuando hablamos de ella, pensamos en personas mayores. Todos hemos conocido noticias de ancianos que han fallecido solos en sus domicilios y cuyos cuerpos no han sido encontrados hasta días, semanas o incluso mucho tiempo después. Historias que nos conmueven, que nos hacen preguntarnos cómo es posible que alguien pueda desaparecer de la vida cotidiana sin que nadie lo eche en falta.

Y creo que es necesario que hablemos de ello. Que nos preguntemos qué está ocurriendo con nuestras redes de apoyo, con nuestros barrios, con nuestros vecinos y con una sociedad en la que cada vez parece más sencillo vivir rodeados de personas y, al mismo tiempo, sentirse completamente solos.

Sin embargo, hay otra realidad de la que quizá todavía no estamos hablando lo suficiente.

La soledad no deseada también afecta a los jóvenes.

Y no me refiero únicamente a quienes tienen dificultades para relacionarse, a quienes son especialmente tímidos o a quienes atraviesan circunstancias personales complicadas.

Me refiero también a personas que quieren tener amigos, que quieren compartir experiencias, que desean enamorarse, construir vínculos y sentirse parte de algo, pero que, por diferentes motivos, no encuentran dónde ni cómo hacerlo.

Estar solo no es lo mismo que sentirse solo

La soledad no deseada en los jóvenes: ¿hemos olvidado cómo encontrarnos?

Creo que lo primero que deberíamos diferenciar es la soledad elegida de aquella que no lo es.

Estar solo puede ser maravilloso. Disfrutar de una tarde en casa, viajar sin compañía, ir al cine por nuestra cuenta o simplemente no tener que dar explicaciones a nadie son experiencias que pueden proporcionarnos libertad, tranquilidad y bienestar.

De hecho, aprender a estar con nosotros mismos también forma parte de nuestro desarrollo personal.

Pero una cosa es elegir estar solo y otra muy distinta es no tener a nadie con quien estar cuando deseamos compañía.

Es querer contar algo que nos ha ocurrido y no saber a quién llamar.

Es tener un sábado libre y descubrir que no hay nadie con quien hacer planes.

Es necesitar apoyo en un momento difícil y sentir que no existe una red a la que acudir.

Y creo que esta segunda forma de soledad puede resultar especialmente desconcertante cuando aparece en una etapa de la vida en la que socialmente se supone que deberíamos estar disfrutando de nuestras amistades, conociendo personas y acumulando experiencias.

Porque, además de sentirnos solos, podemos llegar a preguntarnos qué estamos haciendo mal.

Las amistades cambian, pero ¿qué ocurre cuando no llegan otras?

Las amistades cambian, pero ¿qué ocurre cuando no llegan otras?

Hay algo que, afortunadamente, creo que estamos empezando a reconocer con mayor naturalidad: las amistades no tienen por qué durar toda la vida.

Hay amigos que nos acompañan durante la infancia, otros durante la adolescencia y otros que aparecen cuando comenzamos a trabajar, nos convertimos en padres o atravesamos determinadas experiencias.

Algunas relaciones se fortalecen con los años. Otras se distancian. Y algunas, sencillamente, terminan.

No necesariamente porque haya ocurrido algo malo, sino porque las personas evolucionamos, cambiamos nuestras prioridades y tomamos caminos diferentes.

Y reconocerlo me parece saludable.

Lo que ya no me parece tan saludable es que normalicemos la pérdida de relaciones sin preguntarnos qué oportunidades existen para construir otras nuevas.

Porque aceptar que una amistad puede terminar no debería significar aceptar que una persona se quede completamente desconectada de su entorno social.

¿Dónde conocemos gente nueva cuando dejamos de estudiar?

¿Dónde construimos amistades cuando nuestros compañeros de trabajo viven a cientos de kilómetros?

¿Dónde encontramos personas con las que compartir intereses si nuestros amigos de siempre han tomado otros caminos?

Y, sobre todo, ¿por qué parece que establecer nuevas relaciones se vuelve cada vez más complicado conforme avanzamos hacia la vida adulta?

¿Dónde han quedado los espacios para encontrarnos?

La soledad no deseada en los jóvenes

Hace poco me sorprendí pensando en algo que, de primeras, puede parecer una tontería.

Ya casi no hay discotecas como las que yo conocí.

Tengo 38 años y recuerdo que, cuando era más joven, existían diferentes discotecas grandes a las que podíamos acudir los fines de semana.

Sí, eran espacios de fiesta. Había música, baile y todo lo que asociamos a salir por la noche.

Pero también eran lugares de encuentro.

Coincidías con personas de tu localidad y de los pueblos de alrededor. Veías caras conocidas, conocías a amigos de tus amigos, establecías conversaciones y, en ocasiones, surgían amistades o relaciones que continuaban mucho después de aquella noche.

No estoy diciendo que las discotecas fueran el lugar perfecto para socializar ni que todas las experiencias que se vivían allí fueran positivas.

Lo que me llama la atención es que eran una opción más.

Ahora veo cómo muchos de aquellos espacios han desaparecido o se han transformado. Se ha extendido el tardeo, que tiene sus ventajas y que también puede ser una forma estupenda de relacionarse. Existen bares, pubs y otras alternativas de ocio.

Pero me pregunto si, en medio de todos estos cambios, no estaremos perdiendo también determinados lugares de encuentro.

Y no hablo solamente de las discotecas.

Hablo de espacios físicos donde coincidir de manera habitual con otras personas sin que necesariamente tengamos que acudir acompañados, consumir constantemente o llevar un plan organizado de antemano.

Lugares donde podamos pertenecer a algo.

Porque las relaciones necesitan oportunidades para comenzar, pero también necesitan continuidad para desarrollarse.

No basta con cruzarnos con alguien una vez. Muchas amistades nacen de coincidir repetidamente, de reconocernos, de compartir pequeñas conversaciones hasta que, casi sin darnos cuenta, aquella persona comienza a formar parte de nuestra vida.

Una sociedad cada vez más individualizada

Una sociedad cada vez más individualizada

Vivimos en una sociedad que parece premiar constantemente el crecimiento individual.

Tenemos que formarnos, trabajar, mejorar nuestro currículum, aprender idiomas, cuidar nuestra salud, hacer deporte, desarrollar proyectos personales, viajar, vivir experiencias y aprovechar nuestro tiempo.

Todo parece orientado a convertirnos en una versión cada vez mejor de nosotros mismos.

Y no considero que aspirar a mejorar sea algo negativo. Al contrario.

Pero me pregunto en qué momento hemos empezado a dejar en un segundo plano algo tan básico como compartir nuestra vida con otras personas.

Tenemos acceso a una cantidad enorme de información, entretenimiento y posibilidades. Podemos hablar con alguien que vive al otro lado del mundo, conocer personas a través de aplicaciones o seguir diariamente la vida de cientos de desconocidos.

Sin embargo, toda esa conexión no garantiza que tengamos a alguien cerca con quien tomar un café.

A veces tengo la sensación de que buscamos constantemente algo más, algo diferente, algo que esté más lejos, mientras dejamos de mirar lo que tenemos alrededor.

Y quizá estamos olvidando que una parte importante de nuestras relaciones se construye precisamente en lo cotidiano.

En el barrio, en el pueblo, en las actividades compartidas, en las conversaciones que no estaban previstas y en esos encuentros que se repiten sin necesidad de organizar grandes acontecimientos.

Podemos estar permanentemente conectados y, aun así, tener muy pocas oportunidades de sentirnos acompañados.

El miedo a relacionarnos y a equivocarnos

La soledad no deseada en los jóvenes

También me pregunto si estamos desarrollando cierta resistencia a establecer vínculos.

Conocer a alguien implica dedicar tiempo, mostrar interés, exponernos y aceptar que no siempre vamos a encajar.

Una amistad puede no prosperar. Una relación de pareja puede terminar. Una persona puede decepcionarnos.

Y eso forma parte de relacionarnos.

Sin embargo, a veces parece que esperamos encontrar personas con las que todo encaje desde el primer momento.

Queremos compartir intereses, valores, expectativas y maneras de entender la vida. Queremos sentirnos cómodos, evitar conflictos y no perder el tiempo.

Y es comprensible.

Pero ¿qué ocurre si empezamos a considerar cualquier diferencia como una razón suficiente para no continuar conociendo a alguien?

¿Y si el miedo a equivocarnos nos está haciendo renunciar también a la posibilidad de construir relaciones?

No sé si la palabra adecuada es miedo. Quizá también influyan el cansancio, las experiencias anteriores, la falta de tiempo o una sociedad que nos acostumbra a disponer de muchas opciones y a pasar rápidamente de unas a otras.

Lo que sí creo es que los vínculos necesitan algo que cada vez parece más escaso: tiempo, paciencia y disposición para conocer de verdad a otra persona.

No podemos pedir a los jóvenes que socialicen si no les damos oportunidades

No podemos pedir a los jóvenes que socialicen si no les damos oportunidades

Cuando una persona joven se siente sola, es fácil que termine buscando el problema dentro de sí misma.

Quizá piense que no tiene suficientes habilidades sociales, que debería ser más extrovertida, que tendría que salir más o que hay algo en su personalidad que dificulta sus relaciones.

Y, por supuesto, cada persona tiene sus propias circunstancias y dificultades.

Pero creo que deberíamos ampliar la mirada.

Porque socializar no depende exclusivamente de nuestras capacidades individuales.

También depende de disponer de tiempo, de contar con espacios accesibles, de tener cierta estabilidad económica, de poder participar en actividades y de encontrarnos con otras personas en contextos donde sea posible establecer relaciones.

No es lo mismo construir amistades cuando compartimos diariamente un aula con treinta compañeros que hacerlo cuando trabajamos desde casa, tenemos jornadas interminables o apenas podemos permitirnos determinadas actividades de ocio.

Y no es lo mismo vivir en una localidad con espacios comunitarios y propuestas culturales accesibles que hacerlo en un entorno donde prácticamente cualquier oportunidad de encuentro pasa por consumir.

Quizá deberíamos dejar de preguntar únicamente por qué algunas personas tienen dificultades para socializar y empezar a preguntarnos qué estamos haciendo, como sociedad, para facilitar que puedan hacerlo.

Porque no todo puede depender de la iniciativa individual.

Recuperar el valor de lo cercano

Recuperar el valor de lo cercano

No creo que la solución consista en renunciar a la tecnología, recuperar exactamente las formas de ocio de hace veinte años o idealizar una época en la que también existían la soledad y las dificultades para relacionarse.

Pero sí creo que necesitamos recuperar parte del valor que tenían los espacios compartidos.

Necesitamos lugares donde encontrarnos sin grandes expectativas, actividades que favorezcan la continuidad de las relaciones y comunidades en las que las personas puedan reconocerse y sentirse parte de algo.

Y necesitamos tiempo.

Tiempo para conocer a alguien sin prisas. Para mantener una conversación. Para repetir un encuentro. Para cuidar una amistad incluso cuando nuestras vidas cambian.

Porque las relaciones no aparecen de la nada y tampoco se mantienen por sí solas.

Y quizá, en una sociedad que nos anima constantemente a ser independientes, deberíamos recordar que necesitar a los demás no es un fracaso personal.

Somos seres sociales. Necesitamos afecto, reconocimiento, compañía y vínculos.

La independencia no debería confundirse con la obligación de poder vivir emocionalmente desconectados de todo el mundo.

La soledad no deseada no debería ser un problema individual

La soledad no deseada no debería ser un problema individual

Me preocupa que estemos empezando a normalizar que haya personas jóvenes que desean relacionarse, pero que no encuentran la manera de hacerlo.

Que aceptemos como inevitable que las amistades se pierdan, que los encuentros sean cada vez más difíciles de organizar y que muchas personas terminen viviendo al margen de un tejido social al que les gustaría pertenecer.

Porque, cuando esto ocurre, no siempre estamos ante alguien que no sabe relacionarse.

A veces estamos ante alguien que no encuentra dónde hacerlo.

Alguien que tiene ganas de compartir su tiempo, pero que vive en una sociedad que apenas se lo permite.

Y creo que ahí tenemos una responsabilidad colectiva.

No se trata de obligar a nadie a socializar ni de cuestionar a quienes disfrutan de la soledad elegida.

Se trata de que quienes desean compañía tengan oportunidades reales de encontrarla.

Porque estar solo debería poder ser una elección, no la consecuencia inevitable de una sociedad que ha dejado de ofrecer espacios, tiempo y oportunidades para encontrarnos.

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