A veces, tras iniciar un proceso de reproducción asistida, la forma de relacionarte con tu entorno cambia y es algo con lo que no contabas. Pero ¿qué relación puede existir entre reproducción asistida y las amistades?
La reflexión es mucho más profunda de lo que inicialmente pueda parecer y, tras comentarlo con varias mujeres, este tema merece una reflexión crítica sobre cómo puede afectar la reproducción asistida a las relaciones de tu entorno.
Sabemos que habrá pruebas médicas, tratamientos, decisiones y esperas. Quizá sabemos también que nuestra relación con el cuerpo o con la maternidad puede transformarse durante el camino. Lo que probablemente no esperamos es que también puedan cambiar nuestras amistades.
Entramos en reproducción asistida sin conocer apenas el idioma y, en muy poco tiempo, empezamos a manejar conceptos que hasta entonces ni siquiera formaban parte de nuestro vocabulario. Folículos, reserva ovárica, estimulación, punción, fecundación, embriones, blastocistos, endometrio, transferencias, betaesperas, negativos.
Pero no aprendemos solamente palabras nuevas. Aprendemos otra forma de relacionarnos con el tiempo. Empezamos a organizar nuestra vida alrededor de citas médicas, ciclos, resultados y fechas que para el resto del mundo son días normales.
Cambia nuestra relación con el cuerpo. Aparecen decisiones que nunca habíamos imaginado tener que tomar. Buscamos información sobre alimentación, ejercicio, medicación o probabilidades. Hacemos planes que quizá tengamos que cancelar tres días después. Esperamos llamadas que pueden cambiar completamente nuestro estado de ánimo.
Y mientras todo esto ocurre, las personas que nos rodean continúan con su vida. Ahí puede empezar a abrirse una distancia que, al principio, ninguna de las dos partes sabe identificar.
Desde fuera puede parecer relativamente sencillo: estamos intentando tener un hijo con ayuda médica. Desde dentro, sin embargo, puede haberse convertido temporalmente en uno de los principales ejes alrededor de los que gira nuestra vida.
La diferencia entre esas dos percepciones puede generar muchos conflictos.
Quizá dejamos de querer hacer determinados planes. Quizá hablamos demasiado del tratamiento. Quizá nos aislamos. Puede que un embarazo ajeno nos produzca emociones contradictorias.
Tal vez dejamos de beber, modificamos nuestras rutinas o rechazamos un viaje porque no sabemos cuándo será la próxima transferencia. Podemos estar entusiasmadas un día y completamente hundidas tres días después. Quienes nos rodean observan esos cambios, pero no necesariamente conocen todo lo que ocurre detrás.
Y pueden interpretarlos desde su propia realidad. “Ya nunca quiere hacer nada.” “Está obsesionada.” “Toda gira alrededor de lo mismo.” “Está distante.” “Ya no puedo contarle determinadas cosas.” Mientras tanto, desde el otro lado, podemos estar preguntándonos algo completamente diferente: “¿Cómo es posible que no entienda lo que estoy viviendo?” Y quizá ahí esté uno de los primeros problemas: creemos que estamos participando en la misma conversación cuando, en realidad, estamos interpretando dos historias diferentes.
Para acompañar a alguien no necesitamos comprender perfectamente lo que está viviendo. Pero sí necesitamos comprender que existe algo que todavía no entendemos. Preguntar puede ser suficiente para empezar a cruzar esa distancia.
A VECES EL PROBLEMA YA NO ES NO SABER, SINO NO QUERER ENTENDER
Sin embargo, atribuir todos los conflictos al desconocimiento también sería simplificar demasiado.
En ocasiones explicamos lo que nos ocurre: contamos un negativo, explicamos una pérdida gestacional, hablamos de una transferencia que no ha funcionado, de un tratamiento que se complica, de un diagnóstico que no esperábamos o del miedo ante una nueva prueba. Nos abrimos. Y, aun así, algunas personas no consiguen —o no quieren— acercarse a nuestra experiencia.
Aparecen entonces frases que pretenden tranquilizar y terminan haciendo exactamente lo contrario: “Ya llegará”, “Por lo menos sabes que puedes quedarte embarazada”, “No pienses tanto”, “Cuando te relajes, seguro que ocurre”, “Siempre puedes volver a intentarlo” o “Conozco a una que después de no sé cuántos tratamientos se quedó embarazada naturalmente”.
No siempre existe mala intención detrás de estos comentarios. Probablemente, muchas veces no existe ninguna. Pero la ausencia de intención de hacer daño no significa que no pueda existir daño.
Una de las experiencias más difíciles durante un proceso de reproducción asistida puede ser sentir que aquello que está ocupando una parte enorme de nuestra vida es reducido por alguien importante para nosotras a algo que deberíamos relativizar, superar rápidamente o mirar desde otra perspectiva. No necesitamos que otra persona experimente nuestro dolor exactamente como nosotras. Necesitamos que reconozca que ese dolor existe. Porque cuando una experiencia ya difícil se encuentra además con la minimización o la invalidación de alguien en quien confiábamos, aparece un segundo sufrimiento: no solo estamos atravesando algo complicado, sino que empezamos a preguntarnos por qué esa persona no puede acompañarnos mientras lo hacemos.
LA INTENCIÓN TAMBIÉN TIENE LÍMITES
Existe una frase que utilizamos muchísimo para justificar determinados comportamientos: “No lo hizo con mala intención”. Y probablemente sea cierto.
Pero las relaciones no pueden medirse exclusivamente por la intención.
Podemos decir algo sin querer hacer daño y hacer daño igualmente. Podemos desconocer cómo acompañar a alguien y decidir preguntar. Podemos equivocarnos y reparar. Podemos no comprender una experiencia y, aun así, tener la curiosidad suficiente para intentar comprenderla.
La amistad no exige conocimientos sobre infertilidad ni un máster en duelo reproductivo. Exige algo mucho más básico: prestar atención a la persona que tenemos delante.
Si alguien nos ha explicado que está atravesando una pérdida, quizá no sepamos qué decir. Si acaba de recibir un negativo, probablemente no podamos encontrar ninguna frase que lo arregle. Si lleva años intentando ser madre, no podremos comprender completamente qué supone si nunca hemos vivido algo parecido. Pero podemos escuchar. Podemos preguntar qué necesita. Podemos recordar una fecha importante. Podemos aceptar un “hoy no quiero hablar de esto”. Podemos compartir nuestras propias noticias importantes intentando tener en cuenta el momento que atraviesa la otra persona. Podemos observar un silencio y preguntarnos qué significa. Y, sobre todo, podemos evitar convertir la incapacidad de la otra persona para estar como siempre en una ofensa contra nosotras.
Eso también es cuidar una amistad.
NOSOTRAS TAMPOCO SOMOS SIEMPRE FÁCILES DE ACOMPAÑAR
Hablar de todo esto no significa convertir a quienes atravesamos reproducción asistida en personas siempre razonables y a nuestras amistades en culpables de todo conflicto.
El dolor también modifica nuestra manera de relacionarnos. Podemos aislarnos. Podemos esperar que alguien adivine algo que nunca hemos explicado. Podemos interpretar desde la herida un comentario que no pretendía tener determinado significado. Podemos sentir envidia ante un embarazo y después sentirnos culpables por haberla sentido. Podemos dejar de preguntar cómo están los demás porque apenas tenemos capacidad para gestionar lo nuestro. Incluso podemos volvernos monotemáticas durante determinados periodos.
Somos humanas.
Pero reconocer esa realidad no significa que tengamos que aceptar cualquier comportamiento de los demás.
Una relación sana permite equivocarse, hablar, explicar, reparar y reajustarse. El problema aparece cuando ese movimiento solo ocurre en una dirección. Cuando una persona explica una y otra vez y la otra no escucha. Cuando expresar un límite genera enfado. Cuando cada conversación termina minimizando lo que estamos viviendo. Cuando empezamos a sentir que relacionarnos con alguien añade dolor a un proceso que ya resulta suficientemente difícil. Entonces quizá la pregunta deja de ser cómo conseguir que esa persona nos entienda. Quizá empieza a ser qué lugar queremos que siga ocupando esa relación en nuestra vida.
TAMBIÉN EXISTE EL DUELO POR UNA AMISTAD
Hablamos mucho de las rupturas sentimentales y muy poco de las rupturas entre amigas.
Parece existir la idea de que una amistad verdaderamente importante debería durar para siempre. Como si reconocer que una relación ha terminado significara que nunca fue auténtica. Pero no necesariamente es así. Una persona puede haber sido fundamental durante diez o veinte años y dejar de encajar en nuestra vida actual.
Podemos conservar recuerdos extraordinarios con alguien y reconocer, al mismo tiempo, que ya no nos sentimos seguras emocionalmente a su lado. Algunas amistades terminan de manera explícita. Otras simplemente cambian. Seguimos felicitándonos los cumpleaños. Nos vemos ocasionalmente. Existe cariño. Tenemos una historia compartida. Pero algo que antes estaba ahí —la confianza, la intimidad, la sensación de refugio— ha desaparecido. Y eso también puede requerir un duelo.
LA REPRODUCCIÓN ASISTIDA NO TIENE NECESARIAMENTE QUE SER LA CAUSA DE LA RUPTURA
En ocasiones puede ser simplemente el acontecimiento que hace visible una distancia que ya existía.
Cuando la vida transcurre sin grandes dificultades, es relativamente sencillo mantener determinados vínculos. Pero las crisis cambian las necesidades dentro de las relaciones y pueden mostrarnos aspectos de ellas que hasta entonces nunca habíamos necesitado comprobar. Descubrirlo puede doler. Especialmente cuando ocurre mientras ya estamos haciendo otros duelos.
PONER LÍMITES TAMBIÉN PUEDE FORMAR PARTE DEL PROCESO
No todas las amistades necesitan terminar porque alguien diga algo desafortunado. Todos metemos la pata.
La diferencia probablemente esté en lo que ocurre después. Hay personas capaces de escuchar un “esto que has dicho me ha dolido” y responder intentando comprenderlo. Y hay personas que convierten inmediatamente nuestro dolor en una acusación contra ellas.
Hay amistades en las que podemos explicar que necesitamos alejarnos temporalmente de determinados temas sin que eso signifique que no nos alegremos por la otra persona. Y existen otras en las que cualquier necesidad diferente se interpreta como egoísmo, exageración o rechazo.
En esos casos, poner límites puede ser necesario. No como castigo. No como una prueba destinada a comprobar quién es una “amiga de verdad”. Sino porque atravesar reproducción asistida, infertilidad, pérdidas o tratamientos prolongados ya requiere suficientes recursos emocionales como para añadir deliberadamente relaciones que nos están haciendo daño.
A veces el límite será pedir que determinado tema no se trate delante de nosotras durante un tiempo. Otras veces será tomar distancia. Y, en algunas ocasiones, será aceptar que esa amistad ha terminado.
Y ENTONCES APARECEN PERSONAS QUE NO ESPERÁBAMOS
Pero la reproducción asistida no solamente puede alejarnos de algunas personas. También puede acercarnos muchísimo a otras. Y una de las cosas más sorprendentes es que no siempre son aquellas de las que esperábamos mayor apoyo.
Puede existir una amiga con la que nunca habíamos tenido una relación especialmente profunda que, de repente, sabe estar. Pregunta. Escucha. Recuerda. No intenta arreglar. No convierte cada conversación en un consejo. Respeta nuestros silencios y también nuestros momentos de necesidad de hablar. Quizá no comprende completamente el tratamiento, pero muestra interés por comprendernos a nosotras. Y esa diferencia puede transformar una relación.
Porque algunas amistades no se construyen únicamente a través del tiempo. También se construyen a través de cómo alguien estuvo presente cuando realmente necesitábamos que estuviera.
LAS AMISTADES QUE NACEN HABLANDO UN IDIOMA NUEVO
También existe otro fenómeno muy característico de estos procesos: conocer personas que están viviendo algo parecido.
Puede ocurrir en una clínica, en un grupo, en redes sociales o simplemente porque un día contamos que estamos en reproducción asistida y alguien responde: “Yo también”.
Y sucede algo curioso. De repente no necesitamos traducir. Podemos hablar de betas, transferencias, embriones o esperas sin explicar previamente por qué cada cosa importa. La otra persona comprende por qué una llamada puede darnos miedo. Por qué un resultado aparentemente pequeño puede cambiar completamente nuestro día. Por qué podemos alegrarnos muchísimo por alguien y sentir, al mismo tiempo, tristeza por nosotras. Existe un código compartido.
Y algunas relaciones que comienzan únicamente alrededor de ese código terminan creciendo mucho más allá de él.
Un día los tratamientos terminan. A veces llega el embarazo. A veces llega de otra manera el proyecto familiar. A veces la historia toma un camino completamente distinto.
Y, sin darnos cuenta, dejamos de hablar continuamente de reproducción asistida.
Empezamos a hablar de trabajo, de parejas, de hijos, de vacaciones, de problemas absurdos, de lo que hemos cenado o de cualquier otra cosa. Y descubrimos que aquella persona que conocimos porque compartíamos una experiencia difícil se ha convertido simplemente en nuestra amiga.
Quizá eso también merece ser recordado: no todas las grandes amistades tienen que proceder del colegio, de la universidad o de nuestra juventud. Podemos encontrar personas importantísimas a los treinta, a los cuarenta o mucho después.
NO NECESARIAMENTE SALIMOS MÁS SOLAS
La reproducción asistida puede cambiar muchísimo más que nuestro proyecto reproductivo.
Puede modificar nuestra relación con el cuerpo, con la incertidumbre, con el tiempo, con las expectativas y con el control. Y también puede transformar nuestro mapa afectivo.
Algunas personas no sabrán acompañarnos. Otras no querrán hacerlo. Habrá relaciones que necesiten nuevos límites. Algunas amistades se harán menos profundas. Otras terminarán, y tendremos que permitirnos reconocer que también existe un duelo cuando perdemos a una amiga.
Pero también puede ocurrir exactamente lo contrario. Personas de las que esperábamos poco pueden convertirse en un refugio inesperado. Relaciones que parecían secundarias pueden hacerse profundas. Y personas completamente nuevas pueden entrar en nuestra vida precisamente porque, durante un tiempo, hablamos el mismo idioma.
Quizá una de las partes más difíciles de cualquier proceso transformador sea aceptar que no podemos cambiar profundamente y exigir al mismo tiempo que absolutamente todo lo que nos rodea permanezca exactamente en el mismo lugar.
Porque quizá no salgamos de la reproducción asistida con las mismas relaciones con las que entramos. Pero eso no significa necesariamente que salgamos más solas
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1 comentario en “REPRODUCCIÓN ASISTIDA Y AMISTAD: ¿CÓMO AFECTA?”
Jessi
Me ha parecido un artículo súper interesante y, sobre todo, muy necesario. Me ha gustado mucho cómo abordas un tema del que quizá no se habla tanto y cómo invitas a reflexionar sobre el impacto que puede tener la reproducción asistida no solo a nivel personal, sino también en las relaciones y en el entorno. Una reflexión muy interesante que invita a mirar este proceso desde otra perspectiva. Enhorabuena por el artículo, Sara ❤️
Me ha parecido un artículo súper interesante y, sobre todo, muy necesario. Me ha gustado mucho cómo abordas un tema del que quizá no se habla tanto y cómo invitas a reflexionar sobre el impacto que puede tener la reproducción asistida no solo a nivel personal, sino también en las relaciones y en el entorno. Una reflexión muy interesante que invita a mirar este proceso desde otra perspectiva. Enhorabuena por el artículo, Sara ❤️