¿Cómo se hace una fecundación in vitro? Del laboratorio a la betaespera

¿Cómo se hace una fecundación in vitro? Del laboratorio a la betaespera

Llevamos años escuchando hablar de la fecundación in vitro, pero ¿sabemos realmente en qué consiste? ¿Cómo se consigue un embrión en un laboratorio? ¿Cómo llega al útero? ¿Y qué ocurre después?

La fecundación in vitro, conocida habitualmente como FIV, es uno de esos procedimientos médicos de los que prácticamente todo el mundo ha oído hablar alguna vez.

Aparece en conversaciones, noticias, películas y, por supuesto, en las historias de muchas familias que han recurrido a la reproducción asistida para tener hijos.

Pero tengo la sensación de que, aunque conocemos perfectamente su nombre, no siempre sabemos explicar en qué consiste.

A veces imaginamos que una mujer acude a una clínica, le introducen un embrión en el útero y, si todo va bien, se queda embarazada.

Y aunque esa imagen recoge una pequeña parte del proceso, la realidad es bastante más compleja.

Porque una fecundación in vitro empieza mucho antes de que un embrión llegue al útero y tampoco termina cuando salimos de la consulta después de una transferencia.

Así que hoy quiero explicar, de la forma más sencilla posible y apoyándome también en mi experiencia, cómo se realiza una fecundación in vitro desde el principio hasta el resultado final.

¿Qué es exactamente una fecundación in vitro?

¿Qué es exactamente una fecundación in vitro?

Empecemos por lo básico.

En un embarazo espontáneo, la fecundación suele producirse en una de las trompas de Falopio, cuando un espermatozoide consigue penetrar en un óvulo.

En una fecundación in vitro, esa unión se produce fuera del cuerpo de la mujer, en un laboratorio especializado.

De hecho, el término in vitro hace referencia precisamente a eso: un proceso que se realiza fuera del organismo, en condiciones controladas.

Una vez fecundado el óvulo, comienza el desarrollo embrionario. Si se obtiene un embrión adecuado para transferir, este puede introducirse posteriormente en el útero, donde tendrá que implantarse por sí mismo para que el embarazo continúe.

Pero para llegar a ese momento primero necesitamos obtener los óvulos y los espermatozoides.

Y ahí comienza nuestro recorrido.

1. La preparación antes de empezar el tratamiento

No todas las mujeres llegan a una fecundación in vitro en las mismas condiciones.

Hay quienes necesitan una preparación médica relativamente sencilla y quienes requieren estudios, tratamientos o intervenciones previas.

Por ejemplo, puede ser necesario controlar una alteración tiroidea, tratar determinadas patologías uterinas o realizar una intervención como una histeroscopia antes de intentar el embarazo.

También pueden recomendarse cambios en algunos hábitos, ácido fólico u otros suplementos según las necesidades individuales.

Lo importante es entender que no existe una preparación universal.

Cada tratamiento debe adaptarse a la situación médica y reproductiva de la persona que va a realizarlo.

Y tampoco debemos confundir necesitar más medicación con tener mayores probabilidades de éxito. Los tratamientos adicionales deben responder a indicaciones concretas, no utilizarse simplemente por si acaso.

2. La estimulación ovárica: conseguir los óvulos

Cuando una fecundación in vitro se realiza utilizando los óvulos de la propia mujer, habitualmente el primer paso es estimular los ovarios.

Durante un ciclo menstrual espontáneo suelen desarrollarse varios folículos, aunque generalmente uno alcanza la madurez y libera un óvulo durante la ovulación.

En una FIV convencional se intenta que varios folículos crezcan simultáneamente. ¿Para qué? Para disponer de más óvulos y aumentar las posibilidades de obtener embriones adecuados.

Para conseguirlo, se administra medicación hormonal, normalmente mediante pequeñas inyecciones subcutáneas durante varios días.

La dosis se adapta a factores como la edad, la reserva ovárica, los antecedentes y la respuesta al tratamiento.

Durante esta etapa se realizan controles ecográficos y, en ocasiones, análisis hormonales para observar cómo van creciendo los folículos.

Los folículos son pequeñas estructuras del ovario que contienen los ovocitos, es decir, las células que pueden llegar a convertirse en óvulos maduros.

Cuando varios folículos alcanzan un desarrollo adecuado, se administra una medicación destinada a completar la maduración ovocitaria y se programa la extracción.

Aunque los folículos de aproximadamente 17 o 18 milímetros suelen ser una referencia habitual, la decisión se toma valorando el conjunto de la respuesta ovárica.

Y entonces llega uno de los momentos más importantes del tratamiento.

3. La punción ovárica: recuperar los óvulos

La punción folicular es el procedimiento mediante el cual se recuperan los ovocitos de los ovarios. Generalmente se realiza bajo sedación y mediante una técnica transvaginal guiada por ecografía.

El especialista introduce una aguja fina que permite aspirar el líquido de los folículos, donde pueden encontrarse los ovocitos.

Es una intervención relativamente breve, aunque requiere preparación, vigilancia médica y un periodo de recuperación posterior.

Y aquí hay algo que conviene aclarar: no todos los folículos contienen necesariamente un ovocito recuperable y no todos los ovocitos obtenidos son maduros.

Por eso, el número de folículos que vemos durante los controles no tiene por qué coincidir con el número final de óvulos que podrán utilizarse.

Después de la punción, el laboratorio identifica los ovocitos obtenidos y evalúa su estado.

Si el tratamiento se realiza con óvulos de donante, esta parte del procedimiento la atraviesa la donante y no la mujer que recibirá posteriormente el embrión.

4. ¿Y de dónde salen los espermatozoides?

Para fecundar los óvulos también necesitamos espermatozoides. Pueden proceder de la pareja masculina o de un donante, según el tipo de tratamiento.

Habitualmente se obtiene una muestra de semen que después se analiza y prepara en el laboratorio.

Los especialistas seleccionan espermatozoides utilizando técnicas que permiten recuperar aquellos con características adecuadas para el procedimiento. También es posible utilizar semen previamente congelado.

Y ahora sí, con los óvulos y los espermatozoides disponibles, llegamos a la parte que da nombre a todo el tratamiento.

5. La fecundación: cuando empieza el desarrollo embrionario

Existen diferentes técnicas para conseguir que un espermatozoide fecunde un óvulo.

En la FIV convencional, los óvulos se colocan en un medio de cultivo junto a una concentración determinada de espermatozoides para que la fecundación se produzca en el laboratorio.

También existe la ICSI, una técnica en la que se introduce directamente un espermatozoide dentro de un ovocito maduro mediante una microinyección.

La elección depende de las circunstancias de cada tratamiento.

Al día siguiente, aproximadamente, los embriólogos comprueban si se ha producido una fecundación normal. Y aquí comienza otra etapa fascinante: el desarrollo de los embriones.

Porque no basta con que un óvulo haya sido fecundado. Ese embrión tiene que continuar dividiéndose y desarrollándose.

6. Del embrión al blastocisto: los primeros días en el laboratorio

Durante los días posteriores a la fecundación, los embriones permanecen en incubadores que mantienen condiciones controladas de temperatura y cultivo.

Los especialistas observan su evolución y valoran diferentes características de su desarrollo. Algunos embriones dejan de desarrollarse durante esos primeros días. Otros continúan avanzando.

Alrededor del quinto o sexto día, algunos alcanzan una fase llamada blastocisto.

Un blastocisto es un embrión que ya presenta una organización celular más compleja, con estructuras que darán lugar al embrión propiamente dicho y a parte de los tejidos que participan en la formación de la placenta.

Es habitual que las transferencias se realicen con blastocistos de día cinco o seis, aunque también pueden transferirse embriones en fases anteriores, por ejemplo, de día tres.

¿Qué significa que un embrión sea de buena calidad?

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Esta es una cuestión que suele generar muchas dudas. Los embriones se clasifican utilizando criterios morfológicos y de desarrollo.

En el caso de los blastocistos, se valoran aspectos como su grado de expansión y las características de sus diferentes grupos celulares.

Pero hay algo fundamental: que un embrión tenga una buena clasificación morfológica no significa necesariamente que sea genéticamente normal.

La morfología permite observar cómo se desarrolla y cuál es su aspecto, pero no conocer directamente su composición cromosómica.

Para estudiar determinadas alteraciones cromosómicas existen pruebas genéticas específicas, que no forman parte obligatoria de todas las fecundaciones in vitro. Por tanto, un embrión de buena calidad puede no dar lugar a un embarazo, del mismo modo que uno con una clasificación menos favorable puede llegar a hacerlo.

La clasificación orienta, pero no ofrece garantías absolutas.

7. ¿Se transfieren todos los embriones obtenidos?

No.

Una vez que el laboratorio dispone de embriones adecuados, se decide cuáles se transferirán y cuáles podrán conservarse mediante criopreservación.

Actualmente, en muchos tratamientos se recomienda transferir un único embrión para reducir los riesgos asociados a los embarazos múltiples.

Los demás embriones viables pueden congelarse para utilizarlos posteriormente, si fuera necesario.

La transferencia puede realizarse en fresco, unos días después de la punción, o en un ciclo posterior utilizando un embrión previamente congelado y descongelado. No existe una única opción adecuada para todas las pacientes.

Y aquí empieza una fase que yo conozco especialmente bien: preparar el útero para recibir al embrión.

8. Preparar el endometrio: el lugar donde tendrá que implantarse

El endometrio es el tejido que recubre el interior del útero. A lo largo del ciclo menstrual experimenta cambios hormonales que permiten preparar el organismo para un posible embarazo. Cuando no se produce una gestación, parte de ese tejido se desprende y aparece la menstruación.

En una transferencia de embriones congelados, la preparación endometrial puede realizarse principalmente de dos maneras.

Ciclo natural

En un ciclo natural se aprovecha la actividad hormonal y la ovulación de la propia mujer.

Mediante ecografías y, cuando es necesario, análisis hormonales, se controla el desarrollo del folículo, el endometrio y el momento de la ovulación.

La transferencia se programa para que el desarrollo del embrión esté sincronizado con el momento adecuado del endometrio.

En algunos protocolos también se utiliza medicación para apoyar o controlar determinadas fases del ciclo.

Ciclo sustituido

En un ciclo sustituido se utilizan hormonas para preparar el endometrio. Habitualmente se comienza administrando estrógenos, que favorecen su crecimiento.

Durante los días siguientes se realizan controles ecográficos para valorar su grosor y aspecto.

Uno de los patrones que se busca frecuentemente es el llamado endometrio trilaminar, una apariencia ecográfica en la que pueden distinguirse tres líneas o capas.

Un grosor aproximado de siete milímetros suele utilizarse como referencia favorable, aunque no constituye una frontera absoluta entre poder o no conseguir un embarazo.

Cuando el endometrio está preparado, se incorpora progesterona para favorecer los cambios necesarios para la receptividad endometrial.

Y aquí aparece un concepto importante: la ventana de implantación.

¿Qué es la ventana de implantación?

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Es el periodo durante el cual el endometrio presenta condiciones favorables para que un embrión pueda adherirse e iniciar la implantación.

No se trata simplemente de conseguir un endometrio suficientemente grueso. También es necesario sincronizar su maduración con la fase de desarrollo del embrión.

Por eso, el momento de iniciar la progesterona y el día de la transferencia son especialmente importantes.

Cuando todo está preparado, llega el día que tantas personas esperan.

9. El día de la transferencia embrionaria

Después de tantos controles, medicamentos y decisiones, llega el momento de introducir el embrión en el útero.

Y quizá sorprenda saber que, en la mayoría de los casos, es un procedimiento bastante sencillo.

Generalmente no requiere anestesia y suele provocar pocas molestias.

Para que alguien que nunca haya pasado por ello pueda imaginarlo, diría que la sensación puede recordar a una citología, aunque cada mujer puede experimentarlo de manera diferente.

En mis tres transferencias, por ejemplo, el procedimiento fue prácticamente indoloro.

¿Cómo se introduce el embrión?

¿Cómo se introduce el embrión?

Primero se coloca un espéculo para visualizar el cuello uterino.

Después se introduce cuidadosamente un catéter muy fino a través de ese cuello hasta alcanzar la cavidad uterina.

El embrión viaja dentro de ese catéter, suspendido en una cantidad muy pequeña de líquido.

En determinados casos se realiza previamente una prueba de acceso para valorar cómo introducir el catéter. A mí me la hicieron en las tres ocasiones.

La transferencia suele realizarse bajo control ecográfico.

Por eso, en muchos centros recomiendan acudir con la vejiga moderadamente llena: facilita la visualización del útero mediante la ecografía abdominal y puede ayudar a realizar el procedimiento.

Tengo que reconocer que, en mi experiencia, la presión de la sonda sobre la barriga me resultó más incómoda que la propia transferencia.

Y eso que estamos hablando del momento en el que introducen un embrión dentro del útero.

¿Cómo saben que el embrión es el correcto?

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Antes de realizar la transferencia se aplican procedimientos de identificación y trazabilidad.

Se comprueban los datos de la paciente y la correspondencia con el embrión preparado en el laboratorio.

Es un aspecto fundamental de la seguridad del tratamiento.

En mis transferencias pude seguir parte del procedimiento en una pantalla, algo que convirtió aquel momento en una experiencia todavía más especial.

Una vez que el catéter alcanza la posición adecuada, se deposita el embrión en la cavidad uterina.

Y aquí conviene aclarar algo que solemos decir incorrectamente: el médico no implanta el embrión, lo transfiere.

La implantación, si llega a producirse, será un proceso biológico posterior.

El procedimiento suele durar pocos minutos, aunque la preparación y las comprobaciones pueden hacer que permanezcamos algo más de tiempo en la consulta.

Y entonces llega una pregunta que, aunque parezca absurda, creo que muchas nos hemos hecho.

10. ¿Y si me levanto y se cae el embrión?

Voy a reconocer algo.

Las tres veces que salí de una transferencia embrionaria, caminé como si me hubieran introducido un palo dentro.

Así, literalmente.

Me costaba moverme con naturalidad porque tenía la sensación de que llevaba algo ahí y que, si caminaba demasiado rápido o hacía algún movimiento extraño, podía estropearlo todo. Y eso que los profesionales me habían explicado perfectamente que podía levantarme y hacer vida normal.

Pero una cosa es entenderlo racionalmente y otra conseguir que tus emociones te acompañen.

La realidad es que el embrión es microscópico.

No estamos hablando de algo grande que pueda desplazarse por nuestro cuerpo y caerse al ponernos de pie.

El embrión se deposita dentro de la cavidad uterina y caminar, sentarse, levantarse o ir al baño no provoca que se caiga.

De hecho, el reposo absoluto después de una transferencia no ha demostrado mejorar las probabilidades de embarazo.

Por eso, salvo indicaciones médicas particulares, se recomienda retomar una actividad cotidiana normal y evitar esfuerzos físicos excesivos. No hace falta quedarse inmóvil en el sofá. Tampoco es necesario vivir con miedo a cada movimiento.

Y, desde luego, no podemos responsabilizarnos del resultado del tratamiento por haber dado un paseo, subido unas escaleras o continuado con nuestras actividades habituales.

Lo digo porque, cuando deseamos tanto un embarazo, a veces buscamos controlar cosas que realmente no dependen de nosotras.

Yo fui la primera en hacerlo.

11. La betaespera: cuando ya no queda nada más que esperar

Una vez realizada la transferencia, comienza una etapa que tiene hasta nombre propio: la betaespera. Es el periodo que transcurre entre la transferencia embrionaria y el análisis de sangre que permitirá comprobar si se ha iniciado un embarazo.

Habitualmente dura alrededor de nueve a catorce días, dependiendo del tipo de embrión transferido y del protocolo del centro.

Durante este tiempo, si el embrión consigue implantarse, comenzará a producirse la hormona que posteriormente detectaremos en el análisis. Mientras tanto, la mujer debe seguir las indicaciones médicas y mantener la medicación prescrita.

En muchos tratamientos se utiliza progesterona como apoyo de la fase lútea o de la preparación endometrial.

Y aunque la palabra espera pueda hacer pensar que no ocurre nada, biológicamente pueden estar sucediendo procesos fundamentales.

Lo que ocurre es que no podemos verlos ni controlarlos desde fuera.

¿Hay que hacer reposo durante la betaespera?

¿Hay que hacer reposo durante la betaespera?

No de manera rutinaria.

Salvo que exista una indicación médica específica, no se recomienda el reposo absoluto para mejorar las probabilidades de implantación. Se puede caminar, trabajar y realizar muchas actividades cotidianas.

Conviene seguir las recomendaciones particulares del equipo médico, especialmente si ha habido una estimulación ovárica reciente o existe alguna complicación.

Y hay algo que considero especialmente importante: no debemos convertir cada actividad cotidiana o cada momento de nerviosismo en una posible explicación de un resultado negativo.

Una transferencia puede no dar lugar a un embarazo por múltiples razones, muchas de ellas fuera de nuestro control.

No necesitamos añadir culpa a un proceso que ya puede resultar emocionalmente exigente.

12. La beta: el análisis que confirma el resultado

Y finalmente llega el día señalado en el calendario.

La famosa beta.

Se trata de un análisis de sangre que mide la concentración de una hormona llamada gonadotropina coriónica humana, conocida como beta-hCG.

Esta hormona comienza a producirse en relación con el proceso de implantación y el desarrollo temprano del embarazo.

Cuando el resultado es negativo, generalmente significa que no se ha detectado una gestación.

Cuando es positivo, indica que se ha detectado la hormona en una concentración compatible con embarazo, aunque todavía será necesario comprobar su evolución.

¿Qué significan los valores de la beta?

Qué significan los valores de la Beta - embarazo

Los valores deben interpretarse teniendo en cuenta cuándo se ha realizado la prueba y los criterios del laboratorio.

De manera orientativa, una beta inferior a 5 mUI/ml suele considerarse negativa, mientras que los valores entre 5 y 25 pueden requerir una nueva determinación.

Los valores superiores pueden ser compatibles con un embarazo, pero no existe una cifra única que garantice que será evolutivo.

En determinadas circunstancias se repite el análisis unos días después para valorar cómo aumenta la hormona. Posteriormente, la ecografía permitirá confirmar la localización y evolución inicial del embarazo.

Y así, después de semanas de preparación, controles, laboratorio, transferencia y espera, llega una noticia que puede cambiarlo todo. O que puede obligarnos a decidir cómo continuar. Porque no todas las fecundaciones in vitro terminan en embarazo.

Y creo que también es importante explicarlo.

13. ¿Una fecundación in vitro garantiza quedarse embarazada?

No.

La fecundación in vitro es una herramienta médica que ha permitido formar muchísimas familias, pero no ofrece una garantía de embarazo.

Las probabilidades dependen de numerosos factores: la edad de los óvulos, su calidad, el desarrollo embrionario, determinadas condiciones uterinas, los antecedentes reproductivos y otras circunstancias clínicas.

Algunas personas consiguen un embarazo en su primera transferencia. Otras necesitan varios intentos.

Y otras, desgraciadamente, no llegan a conseguirlo, incluso después de atravesar numerosos tratamientos.

Por eso me parece importante no presentar la FIV como una solución automática, sino como un procedimiento médico con posibilidades, limitaciones y decisiones que deben individualizarse.

Entender la fecundación in vitro también ayuda a comprender a quienes la vivimos

¿Cómo se hace una fecundación in vitro? Del laboratorio a la betaespera

He querido escribir este artículo porque creo que, cuando no hemos pasado por un tratamiento de reproducción asistida, es fácil imaginarlo como algo mucho más sencillo de lo que realmente es.

A veces pensamos únicamente en el momento de introducir un embrión en el útero.

Pero detrás puede haber meses de preparación, pruebas, inyecciones, intervenciones, visitas al laboratorio, decisiones sobre los embriones y muchas horas de espera.

Y también puede haber tratamientos mucho más sencillos, con menos medicación y menos intervenciones. Cada experiencia es diferente.

En mi caso, he pasado por tres transferencias embrionarias y puedo decir que el procedimiento físico fue probablemente una de las partes más sencillas de todo el recorrido.

Lo verdaderamente complejo no siempre sucede dentro de una consulta. A veces ocurre antes, cuando esperamos que los folículos crezcan. O cuando recibimos una llamada del laboratorio para saber cuántos embriones han continuado desarrollándose. O cuando intentamos hacer vida normal durante una betaespera, aunque por dentro estemos pendientes de algo que todavía no podemos comprobar.

Y precisamente por eso creo que merece la pena conocer cómo funciona.

Porque la fecundación in vitro no consiste simplemente en introducir un embrión en el útero. Es todo un proceso que comienza mucho antes y cuyo resultado no conocemos hasta después de la transferencia.

Y detrás de cada tratamiento hay algo más que óvulos, espermatozoides, hormonas y embriones.

Hay personas intentando construir una familia.

Y eso también forma parte de la historia.

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