El miedo invisible a envejecer

EL MIEDO INVISIBLE A ENVEJECER

Hay personas que tienen miedo a envejecer y lo saben. Temen las arrugas, los cambios físicos, perder determinadas capacidades o simplemente dejar de ser jóvenes. Hablan de ello, intentan combatirlo y, en algunos casos, organizan buena parte de su vida alrededor de retrasar todo lo posible aquello que inevitablemente va a ocurrir.

Pero hay otro miedo mucho menos evidente, el miedo invisible a envejecer, personas que decimos que cumplir años no nos importa demasiado, pero ¿es realmente así?

LA PERCEPCIÓN INTERNA DEL ENVEJECIMIENTO

El miedo invisible a envejecer

Celebramos nuestro cumpleaños y nos alegramos cuando llega. Hacemos planes, soplamos las velas y probablemente pensamos —con razón— que cumplir años siempre será mejor que la alternativa.

Y, sin embargo, a veces miramos los números: 35, 38, 40, 50. Y durante unos segundos aparece un pensamiento extraño.

¿Cómo puedo tener ya esta edad?

No necesariamente queremos volver atrás. Quizá estamos mucho mejor que hace diez años. Puede que tengamos una vida que entonces ni siquiera imaginábamos. Tampoco sentimos que nos hayamos convertido de repente en personas mayores.

De hecho, probablemente ese sea parte del problema. Seguimos sintiéndonos nosotros.

LA EDAD QUE TENEMOS Y LA EDAD QUE IMAGINÁBAMOS

La edad que tenemos y la edad que imaginábamos

Cuando somos pequeños, las edades parecen tener una identidad propia: alguien de veinte años es adulto, alguien de treinta tiene la vida resuelta, a los cuarenta eres definitivamente una persona mayor y, a partir de determinado punto, todas las edades empiezan a meterse dentro de una categoría enorme llamada «mayores».

Después cumplimos veinte. Treinta, cuarenta y descubrimos algo bastante desconcertante: por dentro no ocurre ninguna transformación automática.

No nos despertamos el día de nuestro cumpleaños sintiéndonos un año mayores. Seguimos teniendo inseguridades, haciendo tonterías, necesitando a nuestra familia algunas veces, preguntándonos qué queremos hacer con nuestra vida o sintiendo que todavía estamos aprendiendo a ser adultos.

Pero el número sí cambia. Y la sociedad lleva toda nuestra vida explicándonos qué debería significar ese número.

QUIZÁ NO TENEMOS MIEDO A LA EDAD

Envejecer

Tal vez parte del miedo a envejecer no tenga demasiado que ver con las canas.Tiene que ver con las puertas que creemos que empiezan a cerrarse.

Durante buena parte de nuestra juventud vivimos con una sensación bastante cómoda: todavía hay tiempo.

  • Tiempo para encontrar otro trabajo.
  • Para comprar una casa.
  • Para conocer a alguien.
  • Para tener hijos.
  • Para cambiar de ciudad.
  • Para empezar de nuevo.
  • Para hacer aquello que llevamos cinco años diciendo que algún día haremos.

Pero llega un momento en el que algunos cumpleaños empiezan a funcionar como pequeños recordatorios.

No porque realmente sea demasiado tarde para todo, sino porque sabemos que no todas las posibilidades permanecen abiertas indefinidamente.

Y algunas, además, tienen fechas especialmente crueles. La maternidad probablemente sea uno de los ejemplos más evidentes. Una mujer puede sentirse exactamente igual a los 34 que a los 36 y descubrir, sin embargo, que esos dos números tienen un significado médico y social completamente diferente.

Pero no ocurre solamente con la maternidad. Podemos descubrir que encontrar trabajo a determinada edad empieza a ser más difícil. Que seguimos sin poder acceder a una vivienda cuando pensábamos que a estas alturas ya tendríamos cierta estabilidad. Que empezar de cero parece requerir una valentía diferente cuando ya hemos construido una vida alrededor.

Entonces quizá el problema no sea cumplir 40. Quizá sea todo lo que nos enseñaron que ya deberíamos haber conseguido antes de cumplirlos.

TAMBIÉN ENVEJECE LA GENTE QUE QUEREMOS

También envejece la gente que queremos

Hay otra parte de hacerse mayor de la que hablamos bastante menos. Mientras cumplimos años, los demás también los cumplen.

  • Nuestros padres envejecen.
  • Nuestros abuelos desaparecen.
  • Personas de nuestra edad empiezan a recibir diagnósticos que antes parecían
  • Pertenecer a otra generación.

Y la enfermedad deja lentamente de ser algo que les ocurre principalmente a «los mayores».

No necesitamos vivir aterrorizadas pensando en la muerte para saber que existe. Probablemente la mayor parte del tiempo consigamos vivir sin pensar demasiado en ella.

ENVEJECER TAMPOCO SIGNIFICA NECESARIAMENTE QUEDARSE SIN AMIGOS

ENVEJECER TAMPOCO SIGNIFICA NECESARIAMENTE QUEDARSE SIN AMIGOS

Pero las relaciones cambian. Las vidas se llenan de trabajos, parejas, hijos, separaciones, mudanzas, cuidados y obligaciones. Algunas amistades permanecen. Otras se transforman. Algunas desaparecen sin que haya ocurrido absolutamente nada que podamos señalar como el motivo.

Quizá a los veinte podíamos reunir a quince personas un martes. A los cuarenta podemos necesitar tres semanas y seis conversaciones de WhatsApp para conseguir tomar un café con dos.

No necesariamente estamos más solas. Pero nuestra vida social puede parecerse muy poco a aquella que imaginábamos cuando pensábamos en cómo sería ser adultas.

Y también tenemos que aprender a hacer duelo por algunas versiones de nuestra propia vida.

«PERO SI YO NO ME SIENTO TAN MAYOR»

«PERO SI YO NO ME SIENTO TAN MAYOR»

Quizá por eso hay una frase que aparece constantemente conforme cumplimos años: «Es que yo no me siento de esta edad”. Pero ¿cómo se supone que deberíamos sentirnos?

Tal vez nunca existió una sensación concreta de tener 38, 47 o 62 años. Quizá simplemente llegamos a esas edades siendo la misma persona que ha ido atravesando todas las anteriores.

Con más historia, con algunas pérdidas, con decisiones que salieron bien y otras que tomaríamos de otra manera, con cosas que ya no podemos hacer y otras que jamás habríamos podido hacer diez años antes.

Y, aun así, seguimos sorprendiéndonos cuando vemos nuestra edad escrita en algún sitio.

Quizá hacerse mayor también sea aprender a mirar de otra forma todo lo que hemos ido acumulando por el camino. Porque los años no solo se llevan cosas: también nos dejan personas, experiencias, aprendizajes, recuerdos y versiones de nosotros mismos que no existirían si el tiempo no hubiera pasado.

Puede que a los veinte tuviéramos más tiempo por delante, pero tampoco teníamos muchas de las cosas que hoy hacen que nuestra vida sea nuestra. Así que quizá no se trate de dejar de sentir ese pequeño vértigo cuando aparece un número nuevo en la tarta, sino de recordar que detrás de ese número también está todo lo que hemos conseguido llegar a vivir.

Cumplir años significa que el tiempo pasa, sí, pero también que seguimos estando aquí para llenar ese tiempo.

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