Cuando decidí ser mamá soltera e iniciar el proceso por la Seguridad Social era una chica joven, sana y activa.
Una vez rotos los tópicos con esas tres palabras, podemos hablar de lo que realmente es la infertilidad.
¿Sabías que existe una hormona que, con un simple análisis de sangre, puede indicar cuántos ovocitos disponibles te quedan?
A mí esa hormona me puso la primera gran piedra en el camino hacia la maternidad.
Mi reserva ovárica era muy baja a los 34 años.
La noticia vino acompañada de frases difíciles de olvidar:
“Seguramente no podrás ser madre”.
“Tendrás menopausia precoz”.
“Siendo tan joven, quizá haya una mutación genética”.
Nada de eso fue cierto.
Lo que sí fue cierto es que el inicio importa. Y mucho.
Si alguna vez necesitas iniciar un tratamiento de fertilidad, asegúrate de estar acompañada por profesionales actualizados en reproducción asistida.
Existen muchas opciones: coitos programados, inseminaciones artificiales, fecundación in vitro con gametos propios, con donante, embrio-donación, ovodonación o, como en mi caso, doble donación de gametos.
Y aquí viene lo importante.
Ser madre o padre no es compartir genética.
Es tener el deseo profundo e insaciable de amar y acompañar a alguien durante toda su vida, siendo su guía y su pilar.
Sí, existe un duelo genético cuando necesitas donantes.
Y no pasa nada. Es normal.
Nadie que desea ser madre imagina que no será con su propio material genético… hasta que se sienta en una consulta y esa opción aparece sobre la mesa.
Yo ni siquiera sabía que existía.
Pero esa opción me salvó.
Me salvó a mí y permitió que mi hijo existiera.
La familia es un concepto mucho más amplio que la sangre.
Daríamos la vida por personas con las que no compartimos genética… y, sin embargo, conocemos familias “de sangre” que no son precisamente un factor de protección.
Volviendo al principio:
No tengo menopausia precoz.
No tengo una mutación genética.
Mi biología simplemente es así.
Soy infértil.
Tardé años en pronunciar esa palabra.
Y cuando por fin pude hacerlo, me pregunté qué me daba tanto miedo:
¿Serlo?
¿No entender por qué me pasaba?
¿Sentirme menos mujer?
¿Ser juzgada por futuras parejas?
¿O enfrentarme a la posibilidad de no poder ser madre?
Angustia. Miedo. Enfado. Soledad. Ansiedad.
Así fue el proceso hasta que tuve a mi bebé.
A veces me pregunto:
¿Me habría sentido igual si hubiera sabido más sobre reproducción asistida y sobre mi propio cuerpo?
En esta sección compartiré artículos personales sobre mi proceso, los tratamientos, las decisiones, los duelos y los aprendizajes.
Desde la experiencia.
Sin tabúes.
